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¿Puede Una Comunidad Ser Dueña De Un Diseño? Las Tejedoras Mayas Dicen, ‘Sí’

La líder indígena Milvian Aspuac reivindica la propiedad intelectual colectiva de los diseños mayas como vía hacia la autonomía económica de las mujeres indígenas

¿Puede una comunidad ser dueña de un diseño? Las tejedoras mayas dicen, ‘sí’

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Este artículo se elaboró ​​de forma independiente con el apoyo de la organización sin ánimo de lucro Nobel Women’s Initiative.

Para los mayas, las montañas, los ríos, los bosques, los volcanes, las estrellas, las aves y el maíz forman parte de un orden cósmico superior. Los hilos entrelazados de urdimbre y trama de los textiles tradicionales reflejan esta cosmovisión, expresando a través de intrincados patrones geométricos cómo se espera que los seres humanos vivan en armonía con los mundos natural y espiritual.

Hoy en día, la industria de la moda incorpora con frecuencia textiles mayas, fusionando el atractivo visual de una cultura ancestral con las tendencias de diseño contemporáneas. A menudo comercializadas como “étnicas” o “de inspiración folclórica”, estas creaciones rara vez reconocen los derechos de propiedad intelectual indígena asociados a los diseños mayas. Sin embargo, para las mujeres que los tejen, el conocimiento plasmado en estos textiles es una herencia colectiva, desarrollada por sus ancestros y transmitida de generación en generación durante siglos.

Esa herencia se extiende mucho más allá de las técnicas de tejido. Los mayas desarrollaron sofisticados sistemas de matemáticas, astronomía y conocimiento calendárico, muchos de los cuales están documentados en códices que han llegado hasta nuestros días. Su comprensión de los ciclos del sol y la luna, los cuatro puntos cardinales y el calendario agrícola sigue influyendo en la vida comunitaria actual.

El Códice Madrid, uno de los cuatro códices mayas que sobrevivieron, contiene tablas astronómicas, cálculos sobre los ciclos de Venus, predicciones rituales y calendarios. En la página 79 c, la Abuela Ixchel (que significa “Señora Arcoíris”), diosa de la luna, el tejido, la obstetricia, la medicina y la fertilidad, aparece tejiendo junto a un hombre, lo que demuestra que esta habilidad era practicada tanto por mujeres como por hombres.

“Sin embargo, hoy en día este conocimiento ancestral reside principalmente en manos de las mujeres mayas. Incluso cuando no se les permitía hablar su idioma ni usar sus vestimentas bordadas, las mujeres mayas han transmitido constantemente su saber. Siempre han resistido”, explica Milvian Aspuac, miembro de las autoridades indígenas de Santiago Sacatepéquez, líder de la Asociación de Mujeres para el Desarrollo de Sacatepéquez (AFEDES) y parte del Consejo de Tejedoras de este pueblo y coordinadora del Movimiento Nacional de Tejedoras.

Durante mi encuentro con Milvian Aspuac por Zoom, profundizamos en la historia. La llegada de los españoles devastó la cultura maya y transformó radicalmente la región. Guerras, epidemias traídas de Europa, trabajos forzados y la reorganización colonial provocaron una importante disminución de la población indígena durante el siglo XVI. Principalmente, las poblaciones mayas de las tierras altas de Guatemala, la comunidad de Aspuac, los Kaqchikel, resistieron.

En 1749, tras la conquista española, los Kaqchikel tuvieron que comprar títulos de propiedad de las tierras alrededor de Santiago Sacatepéquez que habían pertenecido a sus ancestros para obtener el reconocimiento de la Corona española. Hoy en día, el municipio cuenta con una fuerte mayoría indígena maya Kaqchikel, que representa el 82% de sus más de 35.000 habitantes.

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Foto courtesía de Movimiento Nacional de Tejedoras

A través de la descripción de Aspuac, puedo imaginar la notable presencia de su comunidad en Santiago Sacatepéquez, con mujeres luciendo sus coloridos textiles en las calles. La mayoría de las tejedoras venden sus creaciones, o huipiles (blusas bordadas), a otras mujeres indígenas a precios que no reflejan las miles de horas invertidas en la confección de cada prenda. Estas mujeres se rigen por el principio de reciprocidad. Por ejemplo, si soy tejedora y confecciono un huipil para mi vecina, considero no solo el tiempo y los materiales que invertí, sino también el apoyo que me ha brindado: cuidando mi casa, atendiendo a mis hijos, visitándome durante mi enfermedad o trayéndome comida. Todos estos factores influyen en el precio que le fijo.

Los textiles son tan valiosos para las mujeres indígenas que la ropa representa la única parte significativa de su patrimonio personal, junto con el ganado, si lo tienen, ya que a menudo se les niega el derecho a heredar tierras o propiedades. Cuando surge una necesidad urgente y los recursos económicos son insuficientes, estas mujeres consideran vender primero su ganado y luego su ropa.

“Las venden con gran pesar, y los compradores de estas prendas usadas se aprovechan de la situación, diciendo: ‘Bueno, es ropa usada’. Así es como muchas empresas adquieren prendas que, en promedio, tardan seis meses en producirse, a precios sorprendentemente bajos: a menudo alrededor de 200 quetzales (aproximadamente 20 USD), dependiendo de la talla y el estado”, explica Aspuac. Tras adquirir estas prendas, en particular los textiles ceremoniales con patrones únicos y un profundo significado espiritual, las empresas o los diseñadores suelen alterarlos —“mutilarlos”, como lo describe Aspuac— para crear diversos productos como bolsos, zapatos y cinturones, “demostrando una total falta de respeto hacia los pueblos indígenas”. Una vez en el mercado, estos artículos se venden a precios mucho más elevados.

Los problemas relacionados con los textiles mayas son numerosos. Uno de ellos es la apropiación cultural; la mercantilización de los textiles; la explotación laboral de algunos tejedores que trabajan para ciertas empresas; y, finalmente, el plagio de diseños. Aspuac explica que en 2012, diseñadoras guatemaltecas amenazaron con registrar los diseños a su nombre, una acción que habría tenido consecuencias legales, incluyendo prisión, para las tejedoras mayas.

“Esto fue la gota que colmó el vaso”, afirma Aspuac con énfasis. “Nos impulsó a investigar las leyes de nuestro país para ver si podíamos presentar una denuncia penal, pero no encontramos ninguna que respaldara nuestro caso”. Sin embargo, sí descubrieron un vacío legal en la Corte Constitucional, que establece que el Estado debe reconocer y proteger a los pueblos indígenas, sus conocimientos y sus formas de vida. Desafortunadamente, no se ha desarrollado ninguna legislación para proteger estos derechos, en particular para las mujeres, quienes son las guardianas de este conocimiento. Si se les diera la oportunidad de gestionar este recurso, podría proporcionarles un medio para generar ingresos, contribuyendo a su autonomía económica con todos los beneficios que ello conlleva.

En 2017, la Corte Constitucional reconoció la necesidad de una ley que estableciera los derechos de propiedad intelectual colectiva para las obras producidas por tejedores mayas. Este es un paso significativo en la jurisprudencia del país, pero el Congreso de la República ha tardado en promulgar dicha ley. “Abogamos por los derechos de propiedad intelectual colectiva del pueblo indígena sobre los diseños mayas, ya que no somos autores individuales, sino actores solo colectivos”, explica Aspuac. En el marco del derecho indígena a la autodeterminación, celebran asambleas en sus comunidades —conocidas como asambleas de tejedores— y han establecido consejos de tejedoras.

Estos consejos sirven de enlace entre la comunidad y terceros interesados ​​en sus tejidos, como empresas, instituciones o diseñadores. El movimiento de tejedoras en Guatemala está integrado por 25 consejos de municipios de diversos departamentos, entre ellos Sacatepéquez, Chimaltenango, Guatemala, Sololá, Alta Verapaz, Huehuetenango y Quiché.

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Milvian Aspuac en el centro, segunda por la izquierda / Foto courtesía de Movimiento Nacional de Tejedoras

“Buscamos entablar un diálogo bilateral y practicar la escucha activa. Si las empresas realmente desean brindar trabajo a las tejedoras y apoyar a las comunidades indígenas para que podamos prosperar económicamente preservando nuestra identidad, podrían solicitar telas, y las tejedoras podrían crear una tela específica para un producto en particular”, explica Aspuac. Quieren que las empresas las reconozcan como titulares de derechos. Si alguien desea utilizar un textil indígena con diseños mayas, debe solicitar permiso sobre qué se puede y qué no se puede vender, como los huipiles ceremoniales, y, como con cualquier otra propiedad intelectual, compensar a los creadores como con cualquier otra obra, ya sea un libro o una canción.

Se puede establecer un paralelismo notable entre un huipil guatemalteco y un kimono japonés. Ambos implican habilidades transmitidas de generación en generación, fuertes identidades regionales, un trabajo y una experiencia considerables, y un simbolismo cultural integrado en sus diseños. Japón ha desarrollado un sistema altamente institucionalizado para la protección y comercialización de artesanías tradicionales, incluyendo el reconocimiento de ciertos artesanos como Tesoros Nacionales Vivientes. Como resultado, el valor cultural y laboral de los kimonos se refleja en su precio de mercado. En contraste, el gobierno guatemalteco no ha reconocido históricamente de la misma manera las valiosas tradiciones textiles indígenas de su país, a pesar de que un huipil tejido a mano representa generaciones de conocimiento acumulado y requiere meses de trabajo.

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Por el contrario, Aspuac señala que, en el pasado, tejedoras mayas tuvieron que presentar una denuncia penal contra la empresa guatemalteca María Bag’s, que compraba masivamente huipiles de uso diario y ceremoniales usados ​​en Guatemala para confeccionar bolsos para la exportación internacional. Según Aspuac, el gigante estadounidense de la moda BCBGMAXAZRIA también utiliza con frecuencia diseños de pueblos indígenas de todo el mundo sin su consentimiento.

Aspuac me habla desde Panamá, donde asiste al Foro Anual sobre Empresas y Derechos Humanos, establecido por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2011. En el año 2000, Panamá aprobó el primer sistema sui generis (único en su tipo) de Propiedad Intelectual Indígena del mundo, que otorgó a los grupos indígenas derechos exclusivos, colectivos y perpetuos sobre sus Conocimientos Tradicionales (CT) y Expresiones Culturales Tradicionales (ECT), los mismos que Aspuac busca para los diseños mayas. Ambos conceptos son fundamentales en el derecho internacional en lo que respecta a los derechos de los pueblos indígenas y las comunidades locales.

“Creo que es esencial una llamada internacional a la acción. Debemos abordar los problemas de apropiación, despojo y extractivismo cultural, ya que afectan significativamente a los pueblos indígenas, especialmente a las mujeres”, afirma Aspuac. “En Guatemala, estamos experimentando lo que llamamos ‘folclorización’. Nuestras imágenes, nuestras formas de vida y nuestra vestimenta están siendo ‘folclorizadas’”.

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Foto courtesía de Movimiento Nacional de Tejedoras

En 2020, la Corte Constitucional falló a favor de la petición de las tejedoras, ordenando al Instituto Guatemalteco de Turismo (INGUAT) que dejara de utilizar indebidamente imágenes mayas en sus campañas publicitarias, “como si los niños y mujeres indígenas que viven en condiciones precarias fueran una especie de espectáculo para ser contemplado”, lamenta Aspuac. En cambio, se instruyó al INGUAT a establecer mecanismos para la participación efectiva de los pueblos indígenas, a través de sus representantes legítimos, en el diseño y la formulación de políticas, planes y programas públicos para atraer turismo al país. “Ganar este fallo ha sido muy simbólico, y ahora estamos en diálogo político con el INGUAT para su implementación”.

Actualmente, Aspuac tiene pendientes dos importantes resoluciones: la participación efectiva de los pueblos indígenas para garantizar que el Estado deje de reducirlos a mero folclore, y la legislación relativa al reconocimiento de la propiedad intelectual colectiva indígena para los diseños mayas. Ambas iniciativas buscan beneficiar a las mujeres indígenas y contribuir al progreso del país. Estos esfuerzos desafiarán narrativas coloniales obsoletas, revelando “el racismo profundamente arraigado que existe en la sociedad guatemalteca, en las instituciones públicas y en las leyes del país”, como señala Aspuac.

Mientras Aspuac asistía al Foro de Panamá la semana pasada, se publicó en un medio de comunicación un artículo de opinión de algunos de los economistas más destacados del mundo. En este artículo, se instaba a los líderes políticos de todos los niveles a apoyar una “hoja de ruta para erradicar la pobreza más allá del crecimiento”, elaborada por expertos de agencias de la ONU y movimientos de base. El artículo destaca que “En un mundo más rico que nunca, aproximadamente una décima parte de la población mundial aún vive en la miseria extrema. Millones de personas no pueden permitirse suficiente comida, una vivienda digna ni atención médica básica, mientras que una pequeña minoría acumula una riqueza y un poder sin precedentes”.

El artículo de opinión añade: “No coincidimos en todos los detalles de las políticas. Pero nos une la convicción de que nuestras economías deben rediseñarse en torno al cumplimiento de los derechos y el bienestar colectivo dentro de los límites planetarios, en lugar de maximizar la producción a cualquier precio. Los derechos humanos no son aquí una cuestión secundaria; son el principio rector de cómo medimos el progreso, establecemos prioridades y resolvemos las disyuntivas”. Sobre la base de esta afirmación, las comunidades indígenas merecerían la protección de su propiedad intelectual.

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